Mi experiencia en la Educación Secundaria

 

Durante mi vida de estudiante siempre me he preocupado por llevar las tareas y los estudios al día. Nunca me puse a estudiar con el tiempo justo para un examen, y planificaba con dos semanas de adelanto todas las tareas, exámenes, presentaciones y trabajos para que no me “pillara el toro”. Así nunca tuve problemas ni ningún tipo de estrés, y era perfectamente capaz de atender en clase sabiendo que tenía tiempo suficiente para prepararme la materia para el día del examen. No entendía a algunos de mis compañeros que siempre iban con el tiempo justo, entregando tareas en el último momento o estudiando el día antes del examen.

Sin embargo, cuando llegué a 4º de la ESO, empezaron los problemas. Puede que también influyera el hecho de haberme cambiado de colegio (de hecho diría que influyó muchísimo), pero lo cierto es que ese sistema que llevaba aplicando desde 1º de la ESO dejó de funcionar. Los profesores en el nuevo colegio tenían una metodología distinta a los del anterior colegio, y por mucho que yo me esforzaba por escuchar en clase y tratar de preparar la materia en casa, no era capaz. Estos profesores no se preocupaban por averiguar si habías entendido la materia, no eran para nada pedagógicos ni sabían llegar a los alumnos: se sentaban en el pupitre y procedían, durante las dos horas de clase, a leer el libro de texto en un tono monótono e inflexible. No se paraban a explicar nada, simplemente leían, frase tras frase, párrafo tras párrafo. Y cuando faltaban 20 minutos para acabar la clase, mandaban los ejercicios para casa y te dejaban empezarlos en lo que quedaba de clase.

Por mucho que yo me esforzaba, no conseguía prestar atención a la clase, y a mis compañeros les pasaba lo mismo. Era todo un runrún de fondo, continuo, como una radio puesta al fondo de la clase. Y cuando llegaba la hora de hacer los ejercicios me sentía perdido. Incluso cuando me tragaba mi orgullo y decidía confesar mis dudas a los profesores, ellos poco podían hacer: su nivel de cultura estaba a un nivel distinto del nuestro y no eran capaces de descender unos cuantos escalones en su escalera de sapiencia para transmitirnos a nosotros esa información. Lo único que hacían en sus clases era demostrar lo mucho que sabían y lo poco que sabían transmitirlos.

Se cumplía en ellos la teoría de la reproducción: los que no éramos capaces de alcanzar su nivel de cultura haciendo un doble esfuerzo, éramos un fracaso. Mis notas bajaron en picado, y mi ánimo fue detrás. No fue hasta que entendí que debía empezar a formarme por mi cuenta y no seguir a rajatabla las directrices de estos profesores que no empecé a mejorar. Desgraciadamente, me acabé dando cuenta de que es mucho más cómodo para un profesor el hablar que el preocuparse por discernir si lo que dice es lo suficientemente eficaz como para que sus alumnos lo comprendan.

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