La teoría credencialista de Randall Collins
La
teoría credencialista de Randall Collins
Tiene
relación con la teoría del capital humano. Partiendo de la teoría de clases
(grupo de status) weberiana, que supera el mero aspecto económico, Collins
critica la idea funcionalista de que la expansión educativa responde a los
cambios en la estructura productiva y a las nuevas necesidades ocupacionales.
Así, los individuos más calificados no ocupan los trabajos que requieren
elevado conocimiento y uso de la tecnología, sino puestos administrativos y
burocráticos, porque proporcionan mayor poder. El crecimiento de la burocracia,
entonces, es la causa de la inflación artificial de la educación.
La
burocracia, entonces, es una fuerza de presión y la lucha por el monopolio de
la educación se vuelve fundamental. Los estilos de vida determinan las
posiciones de poder. La educación es el mecanismo fundamental para la
diferenciación entre grupos. Mediante la educación se diferencian los grupos
sociales, a la hora de otorgar posiciones más privilegiadas a los grupos de más
alto estatus. Lo que induce a las capas populares a demandar más educación no
es la capacitación profesional, sino el acceso a la cultura de élite. Esto
genera, entonces, conflicto y competencia, y por ello se expande la educación.
Siendo lo
anterior cierto, entonces los contenidos en la educación son lo de menor
importancia. Lo más significativo de su aportación es la consideración del
grupo como unidad que no solamente comparte unas condiciones materiales
objetivas, sino unos intereses colectivos que le conducen a una acción
homogénea. La educación es una estrategia de clase para la lucha por el poder.
3.2.
Educación y reproducción cultural
La teoría de
Collins no explica por qué, si todos los grupos entran en la educación por la
lucha por el poder, los cambios sociales son tan escasos (modificaciones en el
estatus), si cada vez participan más las clases populares. Bourdieu, Passeron y
Bernstein dicen que el sistema educativo (transmisión cultural) está
estructurado de tal forma que garantiza el éxito de unos y el fracaso de otros.
El sistema de relaciones educativas garantiza la imposición y reproducción de
una cultura dominante como única cultura legítima.
Bernstein
habla del instituto como espacio de lucha entre grupos donde se mantiene una
pugna por el estatus y el poder, buscando respuestas a porque no hay cambios en
la educación o en el sistema educativo si las clases pudientes cada vez tienen
más acceso a esta.
Bordieu,
junto con Passaron y Bernstein entienden el sistema educativo con un carácter
sistémico de las relaciones, donde los verdaderos talentos se identifican en la
escuela. Para estos el sistema de relaciones educativas garantiza la
impartición y reproducción de la cultura de la clase dominante. Las teorías de
estos autores no se pueden encajar como Marxistas per se, ya que incorpora
críticas a la Tª de Durkheim, un sociólogo de importancia capital para los
marxistas. Este comprende la división social del trabajo como base explicativa
de las relaciones sociales y las bases de solidaridad de la sociedad. Bernstein
incorpora que las relaciones de clase y la emergencia de las clases medias
alteran este sistema social que a su vez, está adecuado al sistema educativo.
La teoría de
la reproducción -innovadora en los 70- de los autores mencionados previamente
habla de una herencia cultural que se traduce por un mayor capital social, en
resumidas cuentas: si estudias puedes ascender socialmente; eso sí, todo dentro
de un marco donde la institución escolar valora un tipo de actitudes y
conocimientos propios de la clase alta, lo que llama el autor: “la elección de
los elegidos”. Este debate vuelve como un boomerang al clásico “cultura del
esfuerzo vs. meritocracia” del que tanto se discute en clase. Para estos
autores, en conclusión, el sistema educativo es de clase y tiene unos
estándares dominantes que replican el sistema social.
La práctica
pedagógica da a relaciones de dominación, es decir, que elimina las
resistencias a la práctica dominante: no se permite estudiar lo que uno quiere,
sino lo que el sistema demanda. De este modo el fracaso sistémico o escolar se
disfraza para el alumno como un fracaso personal al no saber adaptarse al
sistema educativo.
El sistema
educativo para estos autores debe tener independencia de la selección social ya
que tiene cierto grado de por sí de reproducción social -las clases altas van a
seguir dominando, por lo menos que las bajas asciendan-.
La relación
de comunicación para estos autores presumo que es trivial, ya que la autoridad
pedagógica debe ser imparcial -para estos autores- ante las conjeturas del
sistema y no debe tomarse como autoridad personal, no debe ser una delegación
de la autoridad de la clase dominante para inculcar su cultura. De todos modos,
para estos autores existe un “arma” contra el dominio, la resistencia de la
clase subyugada y que no se adecua a las normas del sistema educativo: cuanto
más dominio, más rebelión. ¿Cuál es entonces la solución para evitar este
dominio? Según estos autores se puede entender la autonomía como una fuente de
cambio educativo.
Bernstein
sostiene dos tesis relacionadas con la semejanza entre el orden social y la
cultura con las relaciones de poder. Así, la primera tesis considera que los
factores de clase son los que regulan la comunicación existente dentro de un
núcleo familiar y, por extensión, a todos y cada uno de los aspectos de la
infancia de los niños que allí vivieran. La segunda tesis continúa la primera
pero hace hincapié que esas situaciones de poder y de lenguaje se extienden al
sistema educativo.
Es por eso
que las escuelas y los centros de saber son un espejo donde se reproduce la
dinámica existente en la sociedad: por un lado se expresa cuál es la cultura
dominante y todas sus características y, por el otro lado, cuáles son las
relaciones de poder y cómo deben ser vistas, interpretadas y aplicadas por los
miembros de dicha sociedad.
El medio
empleado para aplicar estos nuevos cambios es, obviamente, el lenguaje, ya que
facilita enormemente que se fije o no el orden social. Es a través del lenguaje
que esta forma de vivir en sociedad se incorpora al individuo, quien, a su vez,
es el mayor exponente y el núcleo de este orden. Controlando el lenguaje,
incidir en él es sinónimo de control sobre la forma en las que se establecen
las relaciones y se fija la cultura dominante.
Además, cada
clase social utiliza un código diferente de comunicación. Por un lado, se
puede aplicar el código restringido/público (típico de la clase obrera), que
consta de oraciones simples y sencillas, de un lenguaje incorporado a las
familias donde lo importante es la posición que ocupa el individuo y no el
individuo en sí; y, por el otro, se puede enfatizar el código elaborado/formal
(más característico de la clase media), donde lo verdaderamente importante son
las cualidades individuales, la persona y no su estatus social. La escuela
tiende a usar mucho el segundo, de ahí que nacieran los programas de educación
compensatoria, dirigidos especialmente a los descendientes de familias pobres.
De eso
deriva la tendencia ideológica y sociológica de que el pertenecer a uno u otro
grupo (clase media o baja) acaba por depender de sus posiciones en la sociedad,
no de sus cualidades o méritos, ya que el lenguaje y lo vivido desde la
infancia condiciona tu visión global.
En las
nuevas teorías sociológicas, en las que tiene un fuerte peso la cultura y el
lenguaje, la escuela pasa de ser mecanicista a ser orgánica, donde se procura
facilitar que el profesor y el alumno se convierten en iguales, para que la
transmisión de conocimientos evite derivar en una simple reproducción de
contenidos
Para valorar
si una escuela o centro del saber está evolucionando hacia un estadio más
orgánico, se tienen en cuenta las enmarcaciones de las disciplinas: una enmarcación
fuerte es aquella cuyos contenidos no están relacionados entre sí y se mueven
unos independientemente de los otros, mientras que una enmarcación débil es
todo lo contrario: facilita la interdisciplinariedad y el traspaso de
competencias de forma fluida e íntegra. La enmarcación fuerte, además, tiende a
jerarquizar y tratar al alumno como un ignorante, mientras que una enmarcación
débil pretende eliminar esas barreras entre profesor y alumno y comprender más
humanamente a este último
De este
modo, en resumidas cuentas, se trata de dar más protagonismo al alumno, y
otorgarle una mayor y mejor capacidad de decisión sobre su aprendizaje.
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